
La pasiòn pone a dos amantes en un mundo propio, como lo exaltaba Whitman en uno de sus poemas de mayor carga eròtica: "De dolientes rìos reprimidos"
¡Oh, tù y yo! ¿Què nos importa lo que el resto piense y haga?
¿Què es todo lo demàs? Sòlo que nos gocemos uno al otro, aùn hasta agotarnos, si es preciso...
Del sexo, de la urdiembre y de la trama...
Del suave deslizar de manos sobre mì y el hundir de los dedos en mi pelo y mi barba,
Del largo beso sotenido en la boca,
De la estrecha presiòn que embriaga a cualquier hombre, rindièndolo de exceso.
Este poema se acerca a lo inmediato del vìnculo, tanto como pueden hacerlo las palabras, la pasiòn en sì no puede ser capturada fuera del momento. En eso es como la felicidad. Quien se siente feliz no tiene motivos para dudar de lo que es la felicidad. Pero una vez que se le ha escurrido, aunque sea en una leve parte, con formular preguntas sobre la felicidad no se la recuperarà.
El mecanismo del deseo es aùn màs delicado. En cuanto la pasiòn se eclipsa por obra de las dudas o temores, la espontaneidad desaparece...

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