
El horizonte azul trenzado por la búsqueda, no es tan lejano, siquiera tan oculto.
Tal vez comience aquí, en el microcosmos.
En estos diminutos espacios compartidos se sostiene o traiciona, casi siempre con trajes invisibles cuanto predicamos o decimos.
Por eso para el viaje conviene recordar que se aprende y renueva el amor en lo pequeño, en ese habitual rincón donde uno se desnuda, allí donde se ríe, se sueña, se solloza, entre manos que curan las heridas antiguas y recubren de luz silenciosa las nuevas.
El amor sin fronteras, el amor de lo extenso, se siembra en estos surcos.
No es posible hacerse estrella sin ser antes terrón de hierba fresca arraigado en el suelo de lo propio.
La apertura a la vida se alimenta de pequeños senderos sin murallas, abrazos que se dan entre silencios a aquellos que nos riegan con su simple mirada entre tanto la nuestra les dice:
"no estás solo".
Tal vez comience aquí, en el microcosmos.
En estos diminutos espacios compartidos se sostiene o traiciona, casi siempre con trajes invisibles cuanto predicamos o decimos.
Por eso para el viaje conviene recordar que se aprende y renueva el amor en lo pequeño, en ese habitual rincón donde uno se desnuda, allí donde se ríe, se sueña, se solloza, entre manos que curan las heridas antiguas y recubren de luz silenciosa las nuevas.
El amor sin fronteras, el amor de lo extenso, se siembra en estos surcos.
No es posible hacerse estrella sin ser antes terrón de hierba fresca arraigado en el suelo de lo propio.
La apertura a la vida se alimenta de pequeños senderos sin murallas, abrazos que se dan entre silencios a aquellos que nos riegan con su simple mirada entre tanto la nuestra les dice:
"no estás solo".

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