El Universo evoluciona porque lo guìa la corriente de "dharma" (sostener); es la inteligencia invisible que teje la trama de la vida. La conciencia humana es capaz de tocar directamente el "dharma, de conectarse con èl y guiar de ese modo su propia evoluciòn. Esto, finalmente, es lo que nos hace humanos: no sòlo evolucionamos, sino que guiamos nuestra propia evoluciòn. "Dharma" no es un conjunto de enseñanzas religiosas, sino una verdadera fuerza que se puede descubrir y utilizar...
Los seres humanos no estamos atrapados en el tiempo, estrujados en el volumen de un cuerpo y la duraciòn de una vida. Somos viajeros en el infinito rìo de la vida. Eso es lo que Cristo querìa decir al aconsejar "Sed en el mundo, pero no de èl". Eso es lo que Carlos Castaneda aprendiò de don Juan al escribir: "Habìa desaparecido su sensaciòn de desapego, que era lo que le habìa dado el poder de amar. Sin ese desapego sòlo tenìa necesidades mundanas, desesperaciòn y desesperanza: los rasgos distintivos del mundo cotidiano. El desapego no es frìo desinterès ni falta de sentimiento. Es un libre sentido del yo, sin el estorbo de los lìmites.
Nuestro viaje no comienza ni termina en el mundo fìsico. La tierra es una bella joya verde y azul, que pende en el tapiz de la eternidad. Por mucho tiempo que permanezcamos aquì, para beber el agua pura y aspirar el aire vivificante, nuestro hogar es, antes bien, la eternidad.
Somos de esencia atemporal. Nacimos en el estanque sin fondo que despide burbujas de tiempo y espacio. Una burbuja es un momento: ora, un milenio. Pero el estanque en sì es espìritu puro; no importa cuàntas estrellas y galaxias surjan de èl para estallar en la superficie como fràgil espuma: nada ha sido quitado ni agregado. El Ser es profundo, claro permanente, siempre el mismo. Asombra pensar que nuestra existencia cotidiana brota de esa fuente infinitamente renovable, pero la vida no tiene otra base.
La inteligencia, el poder y la libertad sin lìmites son inherentes al campo unificado que Einstein y los antiguos sabios compartieron en su visiòn. Cuando lo sabemos, podemos reclamar nuestra inmortallidad aquì y ahora, a cada segundo, pues el tiempo no es sino inmortalidad cuantificada. La Naturaleza espera para volcar generosamente sobre nosostros este don supremo. Tras habernos nutrido por millones de años, el mar, el aire y el Sol aùn entonan la canciòn que debemos empezar a apreciar una vez màs.
¿Què dice la Naturaleza a nuestro alrededor, en el espacio entre nuestros àtomos, impregnando cada pensamiento? El mismo aliento, el mismo susurro silente circula por cada cèlula. Es el ritmo de la vida misma, que llama a cada uno de nosostros con suave insistencia...
(De un taller dictado en el Centro de Maestros Yoga de acuerdo al pensamiento de D: Chopra).